Apareció, sin más. Hemingen no tardó en percatarse de su presencia. La extraña niña que siempre aparecía junto con el gobernador Owen, aparentemente extranjera y, a juzgar por su indumentaria, de buena cuna o al menos con una suculenta herencia bajo la cama. Arianne, así la llaman todos en el Palacio del Agua, donde Félix Owen la mantiene entre sedas y exquisitos cuidados.
Algunos en la villa achacan su presencia en el castillo a la soledad del joven gobernador. Es vox populi que sus intentos por encontrar una compañera ajustada a sus exigencias no han sido pocos ni muy discretos. Hacía algunos años, a Félix se le reconocía una media de dos prometidas por año. Pero ya no. Tal vez la resignación, tal vez el aburrimiento, pero Félix Owen ha hecho las paces con la soledad, y el Palacio del Agua no es un mal lugar donde aullar las penas para un Don Juan frustrado y demasiado caprichoso. Pero entonces ella apareció.
Un rayo de luz para Félix, como caída del cielo, o ella sabrá de dónde. El caso es que la vida del joven delegado cambió de la noche a la mañana, dejándose ver por Hemingen por primera vez en meses, con el rostro inundado de alegría y el espíritu renovado.
Mucho se habla, y muy poco se sabe realmente. Arianne es un interrogante en la farándula de Hemingen, y las historias que circulan a su alrededor son a cada cual más pintoresca. La niña se deja ver sin ningún pudor, pero tampoco se sabe de nadie con quien haya hablado nada sobre su pasado, o sus intenciones, o... sobre ella en general. Lo único que se sabe es que siempre va acompañada de su mayordomo personal, quien la sigue a todos lados con el semblante rígido de preocupación. Eso, y que Félix está como loco por ella.



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